lunes, 23 de diciembre de 2013

El Despertador


Seguramente que considerándose Ud. un buen judío, este Rosh haShaná asistirá al servicio religioso de algún templo. Quizás se vista un poco mejor, desempolve su kipá y busque febrilmente el Majzor que le regaló su padre, entre los amontonados libros de la biblioteca.

Le pregunto: ¿para qué lo hace? Cree Ud. realmente que Dios lo favorecerá con Sus decretos porque un día elige Ud. ir al templo? ¿Acaso ir al templo es señal de que le importa algo de los temas espirituales o la religión?
Cuando cayó el Primer Templo en manos de los Babilonios (586 a.e.c), el pueblo hebreo, que creía que Su Dios moraba en le Templo, inició su diáspora con gran angustia ya que si el Templo había sido destruido entonces… ¿a dónde se había ido Dios? ¿Habría salido El también al exilio?

A partir de ese momento los judíos comenzaron a reunirse en lo que se denominó el “templo portátil” es decir, en casas, lugares de estudio, espacios para el rezo y se generó lo que posteriormente los griegos llamaron “sinagoga” o “lugar de reunión”.
De tal manera que Dios moraba en distintos lugares, allí donde se lo necesitaba e invocaba; allí estaba –y está- Dios.

¿Por qué no pensar –como diría el Lic. y amigo Mario Satz- que Dios también está en la panadería o la zapatería? O ¿Por qué habría de ser más santo un templo con todos los lujos y señoras haciendo gala de LaShon haRa (malas lenguas) y desconociendo Tzniut (modestia) desde su misma bases –en Rosh HaShana- que un hogar solitario en donde se ofrece una plegaria todos los días con humildad y completa entrega?
A decir verdad, sería mejor que ni vaya al templo en Rosh HaShaná. Habíamos sacado esa conclusión hace muchos años, con un grupo de Rabinos que vino de Israel en el fatidico 1994 a un seminario de actualización docente en la AMIA.


Tiene mucho más valor espiritual, sentido vivencial, y conducta judaica que Ud. respete Shabat, por ejemplo, o que ayude al prójimo regularmente, a que vaya una vez por año al templo porque su mamá le dijo. O porque queda mal.O por las dudas.

Ahora bien, supongamos que Ud. y su familia eligen ir al templo a escuchar el Shofar. Y lo escuchan. ¿Y? ¿Qué sintió? ¿Fue raro, lindo, conmovedor, des-estructurante? ¿Sirvió mas para calificar a la persona que lo estaba tocando que para despertarse y cambiar ya mismo? Ya sabrá Ud. que en la etapa de Iamim Noraím, no se puede mentir (ni nunca, claro!); asi que por favor sea completamente sincero:

¿Ya se despertó?
 

También hay muchos ayunantes que creen que dejando de comer cumplen un mitzváh muy importante pero hace trabajar sus empleados igual en Iom Kipur. O que aprovechan para comenzar la dieta. O que creen que de alguna milagrosa manera purgan su alma de errores y desvíos no comiendo pero siguen siendo indiferentes con su prójimo, su familia, su cuerpo y su alma, obvio.

Es ése el ayuno que Dios quiere?

Dice el profeta Isaías (Is. 58:5-9)
“Dice el Señor: ¿Creen que el ayuno que me agrada consiste en afligirse,...? Pues no lo es.
El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos, y acabes, en fin, con toda tiranía; en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes.

Tizcu LeShanim Rabot!
Ruth

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